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ZAPE PELELE: MUCHACHOS, PERDIMOS EL RITMO.
Por: Gabriel Posada / www.gabrielposada.com
 

 






















www.gabrielposada.com

Con el mismo entusiasmo con el que esperaban sus fanáticos su siguiente revista y su salida al aire diaria, esperaba yo, los disparates del nuevo grupo humorístico Zape Pelele desde Medellín. La única diferencia era que yo estaba dentro de la radio y me llegaba la revista por el correo interno. Pero tenía que subir el mismo volumen que los demás para oír mejor y me reía como cualquier otro colombiano promedio. Corría el año 95 y las condiciones de la cadena nacional me ponían en Radioactiva Cali, reemplazando a Tuto Castro y Fernando Palma.

Radioacktiva adquirió para ese entonces como estrategia principal a La Tele, al aire desde Bogotá, via satélite para 16 ciudades del país; como un vanguardista programa mañanero (lo único malo del show, fue que no hice parte de ellos). Y el vanguardista formato de “Nuevo Rock” de Santiago Ríos desde Medellín, le dio la oportunidad a Zape como valor agregado, en pequeños segmentos dentro de los bloques comerciales de las agresivas toneladas de música (Supositorios Humorísticos, grabados en cintas). Lo que en medio del caos de identidad nacional que vivía la radio, le permitía a la emisora poner mas música que la competencia, pero sin un género definido. Veníamos de hacer el exitoso programa nacional La Locomotora, ya no hablábamos mas en las mañanas; porque los conflictos internos capitalinos desgastaron el formato y todos los integrantes se dividieron, saliendo algunos de la cadena con rumbos diferentes. Otros con ascensos, descensos y nuevas contrataciones desde la naciente competencia nacional. Hasta la provincia se vio afectada al “enlazar” las ciudades pequeñas desde Bogotá y de esa manera perdí la dirección de Pereira y mi participación nacional en la mañana. A otros les fue peor.

Al llegar a como simple discjockey Medellín a la casa de mi mejor amigo, mis primeras búsquedas fueron los ensoñados bares de rock que me había vendido el director, la ropa vanguardista y las caras de mis héroes locales, a los cuales me imaginaba como a las voces que escuchaba en divertidas parodias de campañas piratas como “Si no se la sabe, no cante”, “Las Aventuras de Batman y Robin”, “El Show de Tata y Andre” y “Los Años Maravillosos”... Nunca me imaginé que serían mis mejores amigos de un largo período, ni que sería su director o aliento para nuevas aventuras en el futuro.

Andrés Vargas tenía el pelo largo, era un flaco galán de candadito, Diego cardona era narigón, un poco bajito y tímido, Max Milfort era sorprendentemente… negro. Y Beni, un flaco introvertido recién llegado al Taoísmo, que no aparentaba la gran voz que tenía, como personaje invitado. Gustavo Blanco, que figuraba en la cámara de comercio como su “gerente”, era el del carro. Todos, creativos estudiantes de la facultad de Publicidad de la Universidad Pontificia Bolivariana. Yo, el nuevo.

Ese primer año fue grandioso, porque mi desempeño no representaba ninguna autoridad en la compañía para ellos. Teníamos muchos afectos en común y tuve uno de los cumpleaños mas celebrados de mi vida, en mi apartamento de soltero en la 70. Con todos había conexión, como pocas veces me ha pasado al llegar a un grupo. Con Vargas compartía complicidad, una gran simpatía y un fanatismo único por el Ska, Poison, Quentin Tarantio y los libros. Con Diego: Una cantidad de afinidades autistas comunes por el cine clásico, el Breakdance, las series de TV, la música de peluquería de la Voz de Colombia y la guasca de Octavio Meza, los dibujos animados clásicos y floreció mi amor infantil por todo lo que tenga que ver con La Guerra de Las Galaxias. Nadie se sabe mas nombres de actores de segunda que Diegui.

Con Max: Nino Bravo, Saturday Night Live, Boyz II Men, las ferias de San Alejos, Janet Jackson, los superhéroes y el Ron Viejo de Caldas. Y con todos, el amor por las mujeres y unas incontenibles ganas de celebrar la vida con humor negro. De ser feliz, por encima de todo: Porqué no coleccionar muñequitos si nos gustan, aunque estemos grandes?. Ir a cine barato los martes y los jueves, ponerse la camiseta por fuera, como verdadero fan de una banda; coleccionar películas, tomar cerveza barata de tienda, guardar fotos de los mejores momentos, puebliar, poner apodos: La Carranga, La Madrina, Mejilla, Querubín… Llevar solo la oficial a la casa, odiar a alguien en común, finquiar, celebrar los cumpleaños de los amigos y de Chenko… vivir en un constante carnaval de celebración por la vida. Eso, mas que nada, se lo aprendí a los Zape Pelele.

Si ser un Zape es todo eso, además de conocer detalladamente sus familias, bueno; yo fui uno mas de ellos. Porque hasta ese momento, mi vida era solo obligaciones, facturas y camisas de cuadritos. Guardaba un anhelo constante por encontrar lo que encajaba conmigo en algún lugar del mundo. Lo encontré en todo lo que me brindó Medellín y mis amigos.

Pero la felicidad nunca será completa. A pesar de ser el director de la emisora al año siguiente, me enviaron a Bogotá como integrante del nuevo proyecto del Planeta Rock para todo el país. Ganábamos en nuestra aguerrida propuesta de segmentar la emisora en un solo género, Rock. Pero perdía lo que había logrado construir hasta el momento. La ciudad que aprendí a amar, un nuevo y verdadero estilo de vida y hasta la novia, que solo aguantó seis meses.

Fue un largo año en Bogotá. Aunque soy nacido en la zona cafetera, me reconocen por la sólida imagen de lo logrado en Medellín en el resto de país. El sistema nacional se desmoronaba y en las ciudades, los gerentes locales empezaron a cambiar la programación de las emisoras por el naciente formato de Tropicana, aprovechando su mercado local.

Medellín sufrió su ración al perder la emisora rock local y enlazarse desde Bogotá, perdiendo todo el terreno que habíamos ganado con el trabajo de campo y el vínculo con los artistas locales. Los oyentes se los llevaba la competencia. Nadie se llevó a los Zape. Ellos sobrevivían con su revista y uno que otro trabajo freelance, en un pequeño local de Laureles, trasteándose varias veces, de un lado a otro. Atiborrados de amigos, juegos de video y cerveza los viernes por la noche. Yo, a duras penas hablaba con ellos por teléfono desde Bogotá y los visitaba cada vez que podía. Era lamentable perder semejantes talentos sumados, un público descuidado, una marca elaborada y todo estaba ahí para retomarse y hacer de nuevo el gol.

Hasta que un día, al cumplirse un año, ya no me soportaron más mis argumentos regionalistas en Bogotá y la vicepresidencia me aceptó devolverme y reagrupar el perdido negocio en Medellín. Pues la batalla en las ciudades se perdió y en Bogotá había que rediseñar la emisora, ahora al mando de Alberto Marchena. Qué me han dicho?.

El regreso a Medellín me sirvió para nivelarme profesional y personalmente. Fue un reto a perder o ganar. Reagrupé el equipo de trabajo, re diseñé la programación basada al inicio en clásicos, para después refrescarse con la explosión comercial del Rock Alternativo; recluté nuevos talentos, planifiqué sobre papel como aprendí, me conseguí una novia y entré a la universidad, me llevé a mi familia. Y como siempre quisimos estar en La Tele y nunca lo logramos, con Zape Pelele, diseñé un agresivo programa para las mañanas, que cambiaría la manera de hacer humor en la radio local: El Gallo, el programa Número dos del F.M. (Hasta ese momento, todo el mundo decía ser el número uno, hasta en la radio tropical; herencia del desgastado argumento de Veracruz Estéreo).

Una vez más y por un buen tiempo, Diego, Max y Vargas me acompañaron en la madrugadas y en mi vida a divertirme, haciendo lo que mas había anhelado toda mi vida profesional. Un buen show, con un equipo competente, para una inmensa audiencia. Pero los tropiezos no faltaron: Nos dieron la cabina más pequeña de la sede, a veces ni sillas, solo dos micrófonos para 4 personas y en ocasiones hasta 5. Para conectarse a Internet, con una cuenta prestada, había que desconectar la imposible línea de los oyentes y las ventas eran muy flojas; lo que afectaba directamente el pago de los Zape. Hasta el punto en que un día, el gerente nos reunió y sugirió acabar con el Gallo, “Porque le programa no se vende y no lo oye nadie, además se han ganado mucha crítica en contra. Por lo del caso Zodiak”.

La firmeza con la que los muchachos respondieron sólo me alentó a cerrar los ojos y los oídos en adelante para trabajar mas duro hasta como su productor en estudio: “Nosotros no vamos a renunciar, porque creemos en la emisora y en Gabriel. Y vamos a aguantar hasta donde podamos”. Eso fue suficiente para comprobar su lealtad.

El que más sufría por lo mal pagados era Max; porque vivía muy lejos y porque la mamá le compraba el desodorante. Hoy, tiene solucionados esos problemas con un buen empleo como creativo y aunque casado y distanciado del grupo, es uno de mis mejores amigos con quien envejecer.

De esa manera, puse todo de mi parte para estimularlos: La mayoría de las salidas en grupo iban por mi cuenta, hice canjes con marcas para abastecernos hasta de ropa, ganamos dinero en fiestas organizadas en bares, buscamos clientes, aprendimos juntos a hacer oyentes y plata. Y hasta compartíamos por mordiscos, las manzana que mamá me empacaba para el desayuno. Después, ella misma nos pasaba el desayuno por una ventana. Éramos amigos, trabajando, verdaderos camaradas que conllevábamos hasta los problemas personales al cerrar el micrófono mientras que sonaba una canción, pero volvíamos animados al aire. Yo usaba como frase de batalla campal, el célebre reclamo del vicepresidente de la cadena, Carlos Arturo Gallego, a La Tele, en momentos de bajones, subiendo cuatro pisos por las escalas a decirles agitado: “Muchachos: Estamos perdiendo el ritmo”. Y anotábamos… llegamos a estar entre los cinco primeros del rating y por fin tuvimos una cabina grande, Internet, un impresora y suficientes micrófonos. Hasta televisor y nevera. Salimos en cada revista, shows locales de TV y fuimos el objetivo de cada tarea que ponían a las estudiantes de las facultades de comunicación.

Se fue Max, llegó Diego Peña con una mezcla furiosa y solitaria de Red Hot Chili Peppers, guitarra acústica, rebelión a lo Billy Courgan y bohemia santandereana cantando “Foxy Lady”. Otra vez hubo química, es una de las personas más inteligentes que he conocido. Andrés Cartagena siguió haciendo los mandados y encuestas callejeras, en reemplazo de Chamorro, pero ahora con la desfachatada participación al aire que le dio impulso hasta para entrevistar brutalmente al presidente Álvaro Uribe. Y Juan Kiss hacía todas las voces comerciales. Yo, resolvía problemas. Como Mr. Wolf, en Pulp Fiction.

La tienda de comics no producía lo suficientemente necesario para llevar una vida digna de celebridad local, el sueldo no alcanzaba para dividirse entre tantos, las primeras presentaciones no sumaban mucho, pero todo esto les sirvió para organizarse; comenzando por contratar una contadora. Vargas es un excelente gerente y así dirigía el polémico programa Juernes de Bares por una pequeña suma extra mensual que me rebusqué bajo cuerda.

Tengo que reconocer que ante tanto talento en las manos, siempre estimulaba esa necesidad de hacer algo más: Una obra de teatro, Stand up Comedy, un show de TV… Algo que les produjera una ganancia extra y un reconocimiento para su veloz carrera y que arrastrara también la imagen de la emisora.

No era del caso involucrarme directamente, fuera de lo radialmente necesario; porque veía mi carrera prometedora en la cadena Caracol, en la que alguna vez pensé que me iba a jubilar, pero me hubiera gustado participar en sus cosas.

A esa altura ya produjeron su primer cortometraje animado, con el presupuesto de un concurso que ganaron. E iban llegando notables trabajos de animación en distintos formatos, se iban volviendo personalidades reconocidas del medio creativo. Una razón tal vez válida para ver el trabajo barato de largo tiempo, como un obstáculo para su crecimiento, pues las cifras de oyentes crecían y el cheque llegaba igual y no había poder en el mundo que hiciera ver a la cadena, el valor que podría adquirir el grupo completo en la competencia y así sucedió un buen día: Se los llevaron por el valor que realmente costaban para la desgastada competencia, que necesitaba un alivio para la ineptitud que por su propio peso los hizo hundir y pagarían lo que fuera, incluso con sus propios puestos. Un nombre desgastado que revivieron los Zape, no solo con radio sino con un gran trabajo de marca y de reposicionamiento, como buenos publicistas.

Esa mañana de viernes llegaron tarde y su actitud conmigo, dolorosamente cambió desde algún tiempo atrás; ya parecía no importar. Más que extrañar el respeto, extrañaba a mis amigos que desaparecieron para los fines de semana. Por lo que dejé el creciente asunto en manos del cínico gerente de entonces, para solucionarlo en la tarde. A él le importaba un carajo.

A mi enérgico llamado de atención, que incluía el reclamo por mi crédito en una entrevista de TV la noche anterior, en la que hablaron de su carrera sin mencionarme por ningún lado, respondió Diego Cardona: ¿“Ah, nos perdona”?. Y como siempre, no tuve más remedio que sonreír y realizar el programa con mis muchachos sin darme cuenta de que era el último; pero ellos si lo sabían. Por eso no me mencionaron en su entrevista.

Como fue planeado en la mañana, en la tarde nos vimos amistosamente, pero en su oficina. Faltaba Peña. En cinco minutos me plantearon su visión a lo lejos del desinterés de la cadena y el inevitable cierre de la emisora. Me sugirieron buscar trabajo fuera del país; porque como veían las cosas, algo muy malo estaba por venir con la nueva adquisición de los españoles del grupo Prisa. Y la siguiente semana comenzarían en Veracruz con un sueldo que superaría las satisfacciones de todo el grupo e inclusive la embolatada seguridad social de uno de los asistentes.

Me quedé frío, se me movió el piso. Tenían toda la razón y todo el futuro a su favor. Yo tenía una carrera de 13 años hecha en la compañía. ¿Que hago, me voy con ellos?. Tengo náuseas.

Llamo inmediatamente al gerente Jorge Hernán Mejía, me dice: “No importa, déjelos ir!. Usted es muy inteligente, usted hace otros. Aquí no amarramos a nadie”. Busco otra salida honesta; llamo a Bogotá y me dicen que es demasiado tarde, que ya renunciaron… que era mi culpa por buscarle solución en local y no en las directivas nacionales. Había una notable guerra de intereses que después cortaría cabezas.

Veracruz, un clón musical improvisado de ese universo nuestro, la emisora que antes de nosotros llegó a ser un monstruo imbatible a punta de dance barato en los 90, también es historia hoy; después del despido de Zape Pelele en el 2006.

La última vez que vi personalmente a los Zape Pelele había pasado algún tiempo. Su teoría se había confirmado, me echaron de la empresa después de haber formado otros dos divertidos equipos para después cerrar el Planeta Rock en Medellín, luego de cambiarlo de frecuencia y de recortar todo presupuestos por tres años.

Diego estaba esa vez usando gafas y Andrés seguía estable con la misma novia. Buscaban sus asientos V.I.P. en el teatro metropolitano para los Premios Hétores del 2005.

Por todo lo que percibí en el medio el último año, les estaba yendo formidablemente bien. Sus sueños y mis deseos se habían materializado en un presente saludable. Llenaban teatros enteros, la gente repetía sus dichos, al parecer la cerveza barata y el cine de martes y jueves ya no respondían a una necesidad económica. Habían crecido.

Hizo falta ver juntos el último capítulo de La guerra de Las galaxias que esperamos por cinco años. Pero llamé a saludar a la mamá de Vargas el día que murió su padre, don Emel y pregunté por todos.

Yo dije hola esa vez en el Metropolitano con un círculo entre el índice y el pulgar entre la nariz, ellos alzaron la mano y señalaron riendo. Simplemente extrañé a los amigos que nunca se despidieron. Especialmente recordaba esa escena de bajo presupuesto, cuando compartíamos, varios años atrás, esa única manzana roja a mordiscos para el desayuno en la cabina.

Muchachos, perdimos el ritmo.

Esta vez para siempre.

 
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